Foro de Periodistas de Ecuador

Un oficio que sacuda conciencias

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Hay profesiones que permiten una relación más directa y permanente con los seres humanos, con sus sueños, emociones, problemas y, también, frustraciones. Como el psicólogo con sus pacientes, el médico con los enfermos a los que atiende para salvar vidas, y, especialmente, el periodista con su público, con los miles o millones que leen, escuchan o ven sus notas. La diferencia es que el periodismo no puede recurrir a fórmulas químicas aprendidas para, por ejemplo, recetar medicinas.

Ser periodista es un oficio en el cual los valores del individuo, más que sus conocimientos o experticia, marcarán su carrera. De allí que la ética se convierte –o debe convertirse- en el puntal de los comunicadores para ser socialmente responsables, comprometerse con la verdad, la defensa de los derechos fundamentales y buscar el desarrollo de las democracias.

En la última década, especialmente desde que la Internet ha motivado un flujo de información abismal, acudimos a un tiempo de convulsiones mediáticas. Y, entonces, lo clave será siempre investigar, contrastar, validar y, sobre todo, contar historias que sacudan conciencias.  Como ha dejado de legado Gabriel García Marquez, todo periodista es, por esencia, un investigador. De allí que considerar al periodismo de investigación una especialidad es un debate todavía abierto. Es mejor, entonces, ir a lo esencial: buscar la verdad y con ella, la ética.

Para Herrán y Restrepo, frente a la tecnología o el autoritarismo de los gobiernos, hay un reto inicial para los comunicadores: distinguir qué es ética y qué es ley.

La ley nos la imponen desde fuera, mientras que la ética se la impone uno mismo desde dentro, debe ser producto del convencimiento de cada persona. La ética la tomas o la dejas; en el primer caso cambia completamente tu vida, pero si la dejas de lado, llevas una vida vulgar, sin ideales ni superación personal. También está el reto de la identidad profesional; muchos no tienen claro por qué son periodistas, lo que es muy preocupante; es desalentador pensar que se ejerce la profesión para cobrar a fin de mes. El tercer reto es hacer un periodismo humano y humanizante” (2005, 54).

Ser periodista significa servir

El periodista Ryszard Kapuściński: Foto: www.scoopnest.com

Es un oficio a través del cual vivimos las vidas de otros y trabajamos –o debemos trabajar- por una mejor sociedad. “En este  sentido, el único modo correcto de hacer nuestro trabajo es desaparecer, olvidarnos de nuestra existencia. Existimos solamente como individuos que existen para los demás, que comparten con ellos sus problemas e intentan resolverlos, o al menos describirlos. El verdadero periodismo es intencional, a saber: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio. Hay otra cualidad importante para nuestra profesión: no considerarla como un medio para hacerse rico. Para eso ya hay otras profesiones que permiten ganar mucho más y más rápidamente” (Kapuściński, 2006, 38).

Por eso, sorprende cada vez más el oficio visto como un modelo de negocio, de sensacionalismo, relegando los valores, irrespetando al público y a la propia dignidad humana. ¿Cuál es el fin que tienen? Vender más periódicos y, por ende, conseguir más dinero (Herrán et al, 2005). Un ejemplo ocurrió en Nueva York el pasado 4 de diciembre de 2012. Cuando esperaba el metro en una estación cercana a Times SquareKi Suk Han, de 58 años, fue empujado a las vías por un individuo con el que minutos antes había discutido. Ki Suk Han intentó subirse al andén, desesperadamente, pero llegó el metro, lo atropelló y posteriormente murió. Nadie lo ayudó, pese a sus gritos. El hecho ha provocado un intenso debate y también indignación porque los últimos minutos de vida de aquel hombre quedaron registrados por una serie de fotografías hechas por Umar Abbasi y publicadas al día siguiente –una de ellas en la portada- por el tabloide sensacionalista New York Post.

El fotógrafo, en entrevista con la cadena NBC, ha dicho que hubiera sido imposible ayudar a salvar la vida de Ki Suk Han porque estaba demasiado lejos y que usó el flash de su cámara para advertir al conductor del tren. Sin embargo, no solo es cuestionable la actitud del autor de las fotos; también del medio que las ha publicado. En un Decálogo Ético del Periodista, en el punto 7, Mendelevich (2005) establece que hay que “priorizar la vida de las personas a cualquier primicia”. Algo que, evidentemente, no consideró New York Post.

Otro caso polémico ha ocurrido en la radio australiana Sidney 2Day FM, de cuyos estudios dos presentadores, Mel Greig y Michael Christian, llamaron, el  4 de diciembre de 2012, al hospital londinense King Edward VII, donde estaba asilada la Duquesa de Cambridge, Kate Middleton, por complicaciones en su embarazo. Los locutores se hicieron pasar por la Reina Isabel II y el Príncipe Carlos. Quien contestó el teléfono a las 05h30 -porque estaba de turno y no llegaba  aún la recepcionista- fue la enfermera Jacintha Saldanha. Ella cayó en la broma: pasó la llamada a la habitación de la Duquesa, donde otra enfermera dio detalladamente el diagnóstico médico de la paciente.

Cuando se descubrió el montaje, Saldanha –considerada trabajadora honesta, profesional de amplia experiencia y abnegada madre de cuatro hijos- se sintió culpable, tanto que no resistió la presión:  tres días después, el 7 de diciembre, se suicidó en su propia casa. Los presentadores dejaron la radio, cerraron el programa, también sus cuentas en Twitter. Luego,  dieron una entrevista a un canal en Australia en la cual se disculparon, lloraron, y dijeron que estaban destrozados.

¿Aquella llamada de ambos comunicadores fue una muestra de cinismo? El diccionario de la Real Academia de la Lengua (RAE, 2011) define cinismo como “desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables. (…) Impudencia, obscenidad descarada”. La respuesta a la pregunta planteada, entonces, es un sí absoluto. Sobre estas actitudes ha profundizado  Kapuściński (2006):

Nuestra profesión no puede ser ejercida correctamente por nadie que sea un cínico. Es necesario diferenciar: una cosa es ser escépticos, realistas, prudentes. Esto es absolutamente necesario, de otro modo, no se podría hacer periodismo. Algo muy distinto es ser cínicos, una actitud incompatible con la profesión de periodista. El cinismo es una actitud inhumana, que nos aleja automáticamente de nuestro oficio, al menos si uno lo concibe de una forma seria. Naturalmente, aquí estamos hablando sólo del gran periodismo, que es el único del que vale la pena ocuparse, y no de esa forma detestable de interpretarlo que con frecuencia encontramos” (p. 53).

 

Los hechos muestran, lamentablemente, una banalización del periodismo (Vargas Llosa, 2011). No  solo de la llamada prensa amarillista –como el New York Post o Radio Sidney 2Day FM-, sino también de la seria, que tiende a contaminarse. La prensa sensacionalista vive del escándalo, que genera ventas y, en consecuencia, dinero. No obstante, ha tergiversado la esencia de este oficio, que nació como un servicio ciudadano. En contraparte, la prensa tradicional, la poca que aún queda con valores, subsiste en un momento difícil: revistas y periódicos están cerrando, víctimas de una crisis económica que parece sin salida o arrinconados por la revolución digital, en cuyo mundo reinan las redes sociales. De hecho, hay una página web que lleva una estadística de la ‘muerte’ de aquellos medios tradicionales, que llegaron a ser referentes en distintas partes del mundo.

Según Vargas Llosa (2012), para no perder audiencia, “la prensa seria se ve arrastrada a dar cuenta de los escándalos y chismografías de la prensa amarilla y de este modo contribuye a la degradación de los niveles culturales y éticos de la información. Por otra parte, la prensa seria no se atreve a condenar abiertamente las prácticas repelentes e inmorales del periodismo de cloaca porque teme -no sin razón- que cualquier iniciativa que se tome para frenarlas vaya en desmedro de la libertad de prensa y el derecho de crítica. A ese disparate hemos llegado: a que una de las más importantes conquistas de la civilización, la libertad de expresión y el derecho de crítica, sirva de coartada y garantice la inmunidad para el libelo, la violación de la privacidad, la calumnia, el falso testimonio, la insidia y demás especialidades del amarillismo periodístico” (p. 96).

En los últimos años se han revelado otros casos de medios de comunicación cegados por la ambición, alejados  totalmente de prácticas éticas y que han llegado, incluso, a delinquir. Ha ocurrido con News of the World,  el otrora tabloide dominical de mayor tirada en Reino Unido y que fue una de las joyas del imperio mediático de Rupert Murdoch. Luego de 168 años de vida, el periódico se vio obligado a cerrar el 10 de julio de 2011, por un escándalo de escuchas telefónicas a políticos, famosos, ciudadanos comunes y también al entorno cercano a la familia Real británica. Periodistas del medio admitieron que interceptaron mensajes telefónicos y también habían cometido otros cinco delitos conexos. Una de las editoras de News of the World confesaba, además, que el medio había pagado a la Policía para obtener información. Las autoridades inglesas de regulación, tras una investigación, revelaron que estas prácticas eran generalizadas en la mayoría de periodistas del tabloide, que se hizo famoso, justamente, por sus exclusivas. ¿Cómo las conseguían? Violando la ley.

Hechos inadmisibles en un oficio en el cual la honestidad y transparencia deben prevalecer. Así lo esbozaba en abril de 1990 el entonces director de diario El País de España, Joaquín Estefanía, en el prólogo del Manual de Estilo:

La defensa de la libertad de expresión pasa por el establecimiento de mecanismos de transparencia en el ejercicio de esta profesión, a fin de no arruinar el único patrimonio de nuestro oficio: la credibilidad. Entre esos mecanismos figura por propios méritos este Libro de estilo, que servirá -si somos capaces de utilizarlo bien- para defender a los lectores del sensacionalismo, el amarillismo y el corporativismo de los profesionales” (p. 8).

No es solo cuestión de épocas. La ética debe ser una constante a lo largo del tiempo y pese a las circunstancias.

El periodismo, paulatinamente, parece llevado a un abismo, a su decadencia. Por eso Barry (2000) en su obra Ethics and Media Culture se hacía tres preguntas para reflexionar: “¿Qué le pasa a una sociedad que abandona la verdad como su principio central? ¿Cuáles son las consecuencias para una sociedad cuando somos indiferentes a las formas de engaño y la mentira porque se perciben como partes de una naturaleza humana? ¿Cuándo podemos tolerar la manipulación deliberada de la información como un acto moralmente justificable y defendible? (p. 36)”.

Ojalá que ninguna sociedad tenga que contestar todavía a estas interrogantes. Las respuestas, sin duda, serían demoledoras. Hasta tanto, los comunicadores tienen un escudo, su principal arma: la ética, que va asociada a una serie de valores. Perderla es acabar con la esencia del oficio. Retomando lo planteado por Kapuściński, para ejercer el periodismo hay que ser buenas personas. Y como insiste Herrán et al, más que noticias, los periodistas tienen que llevar esperanza.  La historia también ha dejado grandes lecciones de heroísmo al respecto, una de ellas hace dos décadas: la noche del 20 de junio de 1992 la sede del diario Oslobodenje (Liberación) fue bombardeado, en medio de la cruenta guerra étnica que por tres años vivió Sarajevo. El edificio de diez pisos se convirtió en un amasijo de hierros retorcidos; ardió en llamas hasta las 06h00 del día siguiente. A pesar de ello, en medio de escombros, los periodistas trabajaban en el sótano. La edición del periódico pudo imprimirse y antes del mediodía del 21 de junio de 1992 estaba en la calle. Los habitantes de una entonces Sarajevo bajo fuego tenían dos opciones: comprar el pan o el diario ¿Y qué creen? Preferían el periódico. Porque una sociedad puede vivir sin comida, pero no sin esperanza…

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